CUTATO Y SU BURRO

Por Javier Navarro Del Rio

Montando con Javier La Rosa, mi hermano Felipe y Carmen María, mi hija mayor, comentábamos sobre los enormes eucaliptos que este año, muchos de ellos cumplirán treinta años, gracias al tesón y cariño de nuestro viejo amigo Carlos Luna, Cutato, Ñato, Plátano o Macho Luna.cutato y su burro

Bajo la estricta y socarrona mirada de Cutato, nuestras tareas se resumían a ayudar en la siembra de decenas de eucaliptos, algunos mioporos, cucardas, rosales y otros que no recuerdo. Esos sábados de Junio empezábamos puntualmente a las 7:00 a.m. en el departamento de Cutato en la calle Tarata o mejor para nosotros en la “Tiendecita Blanca” comiendo el pan campesino con suficiente jamón del país; la cuenta era de los viejos, el pago lo hacíamos sembrando cual tarea de jornaleros.

Mamacona nuestra nueva casa se convirtió en lugar de emotivos encuentros y cálidas acogidas, no sólo por lo que representaba, sino porque los días se vivían intensamente, tanto que en ocasiones otro sería el responsable del timón para el regreso a casa. Llegábamos en varios carros, Cutato en su Dodge con mi padre, en otro Felipe, yo y mi compadre Ricardo, el menor de los Luna; Beto Traverso, los mellizos Javier y Armando La Rosa más tarde.

A las 9:30 a.m., Cutato, cual Mariscal de Campo, formaba a la cuadrilla, la que se suponía había hecho durante la semana los huecos para la siembra de ese día, nada más falso, pero como un soberbio CARAJO y uno que otro “sutil comentario”, los cuarenta o más huecos de tarea incumplida se hacían en menos de lo que se apera un caballo. Iniciábamos el recorrido por la puerta de ingreso, la antigua, la del sur, revisando lo sembrado en semanas anteriores bajo severos y alegres comentarios de nuestro amigo y profesor, la siembra se prolongaba hasta medio día, hora en que empieza la anécdota que quiero contarles.

Cutato mandaba traer al burro de atentas orejas y expectante mirada, nunca supimos su nombre, pero eso sí, era un animal con carácter, exigente, amiguero, terco y alegre como su amo, tanto que después de la primera cerveza no necesitaba jáquima, cabezada, soga o nada por el estilo, simplemente se unía al grupo.

La primera la tomábamos, incluyendo al burro a las 12 en punto, hora inglesa, los días de siembra montábamos poco, eran momentos de conversación, bromas comentarios sobre caballos y propietarios, Tito Carozzi mostraba a “Jipijapa”, linda yegua, Cutato le tomaba el pelo y el burro tomaba otra más, Cutato sacaba a “Vidalita”, otra buena yegua, Tito le respondía con un agudo comentario; y el burro “otra más”.

Era mi turno, traía a “Cherrepe” un capón castaño, regalo de Cutato y que detestaba a su dueño, se miraban de lejos; mi papá lucía a “Pepe” un capón alazán de larga crin, que semanas antes y después de una larga “negociación” se lo compramos al Pollo Colmenares en UN SOL, noble y suave animal que mi padre invariablemente galopaba en la playa, llegando ocasionalmente hasta Villa.

Pasada la una o un poco más habiendo “dosificado” a nuestro amigo el burro, entrábamos a la cabaña subíamos al bar que estaba más alto que la entrada empedrada, dos mesas redondas con ocho sillas cada una era todo el mobiliario. A esa hora llegaban Oswaldo Llorens, Carlos Parodi, a veces Jorge Juan Pinillos “Carne Cruda” recién llegado de Trujillo, Fernando Fernandini con agudas bromas que eran inmediatamente respondidas por Oswaldo y Cutato en admirable contrapunto, observando más callado, Pepe Musante.

El burro, ah el burro, afuera esperando la suya. También llegaban Aníbal Vásquez padre e hijo, este último a cobrarme la recién llegada alfalfa, Lucho el menor hoy alcalde, observaba. En el momento preciso aparecía n Juanacho, el Chino Garcés, Miguelito Sarria, que surtían el ya medio vacío bar. Conforme avanzaba la tarde la reunión se hacía más divertida con el burro reclamando insistentemente “una más”, frente a este panorama y a pedido de los concurrentes nuestro amigo entraba buscando diligentemente a su amo, él se escondía inútilmente detrás del bar, y el sediento animal de un solo tranco subía colocando sus manos encima de la barra, ubicándolo y exigiendo con autoridad la cerveza prometida.

A las cinco de la tarde el regreso era obligado, había que sacar de cualquier manera al impertinente animal el que se sostenía en un precario equilibrio, la mejor forma era que Cutato saliera con “la última” en el bolsillo trasero.

Finalmente el burro era llevado a rastras, en un divertido bamboleo y uno que otro traspié al pesebre más cercano, en el que se dormía hasta bien entrada la mañana siguiente, despertándose y esperando ansiosamente a Cutato y “la última”.